el recogimiento puro y
desnudo del estar
simplemente sentado
Durante zazen, nuestra vida es naturalmente simple y despojada. Sólo sentados sobre el suelo, con la columna vertebral estirada, la espalda vertical, inspirando y espirando. Sólo eso. Sin tener que justificar el hecho de existir. Y, así, podemos percatarnos de que, a cada instante en que vivimos, nada falta; así que nada hay que añadir. A cada instante en que vivimos, nada está de más; así que no hay nada que sustraer. Sólo estar aquí plenamente. Entonces, sentarse en zazen es abandonar toda voluntad de ser algo, de ser alguien en particular. Sólo ser.
 
La práctica de zazen es la práctica del Dharma de Buda que debemos experimentar por nosotros mismos; experimentarla práctica y concretamente, aquí; no vivirla a través de teorías, a través de lo que hemos leído, de lo que hemos oído, sino vivirla plenamente en el cuerpo y el espíritu.
 
La primera enseñanza de Buda fue la Vía del Medio. Podemos experimentarla ya, muy simplemente, en la práctica misma, en el cuerpo, cuidando por ejemplo de no estar inclinados hacia la izquierda ni hacia la derecha, ni inclinados hacia delante ni hacia atrás, estirando la espalda desde el balance de la pelvis hasta la coronilla; cuidando de no estar demasiado tensos ni demasiado distendidos. La mirada está posada en el suelo, delante de uno, a aproximadamente un metro. Tampoco aquí los ojos están ni cerrados ni muy abiertos. Es decir que no estamos ni centrados en nosotros mismos, ni totalmente atraídos por los objetos exteriores. No estamos concentrados ni en la inspiración ni en la espiración; estamos completamente presentes en cada inspirar y en cada espirar.
 
Asimismo, con la actitud de espíritu durante zazen, aunque aparezca toda clase de construcciones mentales, todo tipo de pensamientos, de imágenes, de recuerdos, no procuramos luchar con ello, rechazarlo. Cuidamos de no dejarnos arrastrar por ello: no nos aferramos a nada ni rechazamos nada, no nos apegamos al pensamiento ni al nopensamiento. Entonces, al sólo estar plenamente sentados con total atención al cuerpo, a la respiración, sin aferrarnos a nada ni rechazar nada, sea lo que fuere, el espíritu puede volverse como una copa vacía, disponible a lo que es, plenamente presente en todo lo que es. Cuidad de no fijaros a nada, de no retener nada. Simplemente, espirad suave y tranquilamente, yendo hasta el fondo de cada respiración. Recobrad, así, a cada instante, un espíritu fresco, un espíritu abierto a la novedad del instante presente.
 
Cuando practicáis zazen, estad atentos a no encerraros, recluiros en el rostro. La práctica de zazen, la práctica de la Vía, es abrirse, es de alguna manera soltar las armas. Soltad los sistemas de defensas, para entrar en una plena intimidad con el instante presente, con la experiencia viva de cada instante. Percataos de que no somos sólo seres pensantes, que elaboran conceptos, representaciones mentales, sino de que somos seres vivos.
 
A menudo tenemos la terrible costumbre de sentirnos obligados a nominar, a encasillar en un concepto la realidad viva, sin tener consciencia de que, al hacerlo, nos separamos de ella, y de que este sentimiento de separación genera sufrimiento. Sentarse en zazen es abandonar ese hábito para solamente estar total y completamente aquí con aquello que es, sin tratar de medirlo, compararlo, sin procurar aferrarse a ello, sin tratar de interpretarlo, comentarlo. Sino sólo estar aquí, con ello. Así que cuando estamos aquí, sentados en el zendo, no tenemos absolutamente nada más que hacer que estar plenamente aquí. Es algo sumamente valioso, sobre todo en el mundo en que vivimos, en que estamos absorbidos, tironeados por toda clase de preocupaciones. Así es que, aquí, no hay necesidad alguna de inclinarnos hacia nada que no sea lo que estamos viviendo acá en donde estamos. Aquí, a cada instante, tenemos la oportunidad de realizar la plenitud de nuestra vida.
 
Y bien, como nuestra realidad presente es estar aquí en nuestra postura de zazen, consagramos a ello toda nuestra atención, toda nuestra energía, cuidando de no fijarnos a nada, sea lo que fuere, cuidando de no fijarnos a una postura petrificada del cuerpo. Practicar zazen no es intentar alcanzar la postura ideal, que no es otra cosa más que una representación mental, sino que es reajustarse instante tras instante y, así, cultivar esta actitud del espíritu que se ajusta, se adapta al movimiento incesantemente cambiante. Por tanto, aunque se manifiesten todo tipo de pensamientos, solamente nos conformamos con verlos surgir y dejarlos. Es decir que no los alimentamos. Sólo dejamos que pasen, sin lamentarnos, sin lamentarnos por lo que pasó, y sin esperar al próximo instante. Cuando el espíritu no deja huellas, cuando no conserva la huella de nuestros pensamientos pasados, recobra su condición original de vastedad. Este vasto espíritu incluye todo lo que es.
 
Durante la sesshin, al igual que aquí, en este instante, consagramos nuestra atención y energía a la práctica; consagramos también toda nuestra energía y nuestra atención a cada acción en que estemos: la acción de caminar, de preparar la comida, la acción de hablar, la acción de hacer samu, la acción de salir a caminar. De este modo, nos percatamos de que zazen, la Vía espiritual, no está condicionada por una posición, por un lugar, por un momento particular, sino que cada instante, cualquiera sea, es la oportunidad de ser totalmente íntimo con aquello que en zen se denomina «Bodaishin», el espíritu del despertar, el espíritu original.
 
No os dejéis seducir por ninguno de los pensamientos que se manifiestan, por muy interesantes que puedan ser; algunos, de cualquier manera, no son más que construcciones mentales, sólo nubes que pasan por el cielo. Lo que los hace significativos es la importancia que les concedemos, el modo en que nos aferramos a ellos, en que los rechazamos. Pero si se los deja, sin alimentarlos, sin pretender hacer algo con ellos, entonces ya no tienen más sustancia que la de la bruma, que la de las nubes. Y al no encontrar nada sobre lo cual cristalizarse, estos pensamientos se disipan por sí mismos. Es decir que, durante zazen, podemos dejar de apropiarnos de esos pensamientos. Son sólo pensamientos que pasan. Así que solamente ceñíos, alineaos instante tras instante con la verticalidad de la espalda, desde el balance de la pelvis hasta la coronilla, procurando siempre que la nuca esté estirada, que esté en la prolongación de la columna vertebral. Para ello, sólo recogemos ligeramente la barbilla hacia atrás, como si empujásemos el cielo con la coronilla, o como si tuviésemos un valioso jarrón sobre la cabeza. Así, alineados respecto de este eje vertical, podemos también alinearnos con la verticalidad del instante presente. Entonces, podemos dejar que pasen todos estos fenómenos mentales y conformarnos sólo con verlos, con observarlos sin interpretarlos, sin abrir juicios, sin tampoco hacer comentarios, dejando también de querer que ocurra de otro modo. Es decir, dejando toda actividad, toda intervención que, en el fondo, tienen por objetivo el retener, el cristalizar lo que aquí es.
 
Este espíritu que incluye todo lo que es, es el espíritu que no se escapa de aquello que está presente. Todo lo que se manifiesta durante zazen es la práctica de zazen. Lo que es importante no son los fenómenos que se manifiestan, sino la relación que se establece con esos fenómenos. Entonces, sentados así en zazen, nos zambullimos en el corazón de la experiencia viva de cada instante, abandonando ese estado de espíritu que quisiera que la realidad fuese de tal o cual manera, ese estado de espíritu que pretende modificar la realidad en función de su deseo, de lo que le apetece o de lo que no le apetece. A menudo olvidamos, ya sea aquí en esta experiencia de zazen o en nuestra vida, cuán liberador es este espíritu. Así que dejad de luchar.
 
Espirad suave y tranquilamente. Tened a bien llegar hasta el fondo de cada espiración y dejad pasar. No os fijéis en  nada, sea lo que fuere. Dejad que el soplo de la espiración disipe todas las brumas, todas las nubes. Al disiparse estas nubes, puede aparecer la luz del sol.
 
La práctica de zazen es una práctica en que uno se despoja. No tenemos nada que ganar, nada que acumular sino, al contrario, tenemos que deshacernos de todo aquello que obstruya, de todo aquello que nos impida ver, dejando que resplandezca la luz del espíritu; tenemos que deshacernos de lo que impida esta apertura del corazón. Sentarse es dejar de hacer, dejar también de no hacer. Sólo estar aquí, estar plenamente aquí, estar en una plena presencia sin permanecer en nada, sea lo que fuere. Un maestro zen decía, al hablar de este espíritu original: «Si fuerais totalmente simples, os bastaría con abrir los ojos para verlo todo tal como veis la luz del sol. Para ello, no hay necesidad alguna de intervenir».
 
Por favor, no prosigáis vuestros pensamientos. No os dejéis confinar al reducido espacio de las representaciones mentales. Aquello que somos es mucho más vasto que eso. Conservad siempre todos los sentidos despiertos para ser de alguna manera como una puerta de vaivén, en que interior y exterior ya no están separados. Permitíos ingresar al corazón de la experiencia viva de cada instante. Asentaos totalmente, completamente en la postura del cuerpo y en la respiración. El cuerpo está siempre aquí mismo, y la respiración se hace siempre ahora. Es en esta plena presencia en cada instante, en cada fenómeno, en esta plena presencia en todo lo que se manifiesta, sin fijarse a ello, sin permanecer en ello, en donde reside la libertad del espíritu. Es en esta plena presencia en donde el corazón del espíritu está en paz, no alterado en absoluto por las diferentes manifestaciones de los fenómenos. Así que, por favor, no os escapéis de nada, sea lo que fuere. Estaos totalmente aquí. Ninguna construcción mental, ninguna representación mental puede hacernos paladear la plenitud de nuestra vida.
 
Tan pronto como el cuerpo está inmóvil, estad plenamente sentados. Es decir que, a cada instante, no haya parte del cuerpo que no esté practicando zazen. Movilizad toda vuestra atención, toda vuestra energía, plenamente conscientes de cada sensación, de cada percepción, de cada estado de espíritu que aparezca, sin fijaros a ello. Es importante no estancarse en nada, sea lo que fuere, dejar que el espíritu sea como el agua cristalina de un río que corre libremente. Entonces, aquí y ahora, es no estancarse en una sensación o en un pensamiento, en una idea particular. En nuestra vida también, es cuidar de no estancarnos en nuestros hábitos, es conservar siempre un espíritu nuevo, un espíritu que esté abierto, disponible a la novedad de cada instante. Cultivad el espíritu que acepta lo imprevisto de cada instante.
 
Cuando estamos aquí, en este zendo, estamos simplemente en esta plena presencia en el acto de estar sentados, en el acto de estirar la espalda, la columna vertebral, desde el balance de la pelvis hasta la coronilla, en una plena presencia en no dejar que el cuerpo se incline ni hacia la izquierda ni hacia la derecha, ni hacia delante ni atrás. A cada instante buscamos el justo equilibrio, la tensión justa del cuerpo: ni demasiado tenso, ni demasiado distendido. Buscamos ese punto en que ya no hay esfuerzo que hacer para estar sentados, el punto en que se puede soltar la voluntad, en donde es sólo zazen lo que practica zazen. En una plena presencia en la acción de respirar, procurad siempre espirar hasta el fondo, no conservar aire en los pulmones. Al final de la espiración, el espíritu está vacío, vacante, totalmente disponible a la inspiración que sigue, totalmente disponible a la novedad del instante. Nos asentamos así en nuestra vida de cada instante.
 
El maestro Dogen decía que la primera disciplina mental para un practicante del zen era la de practicar «el recogimiento puro y nudo del estar simplemente sentado». En este recogimiento, plenamente sentados, toda clase de representaciones mentales, toda clase de estados de espíritu puede manifestarse, surgir, pero cuidamos siempre de no aferrarnos a ellos, pero sin tampoco procurar suprimirlos. A menudo, estos diferentes estados de espíritu, estos diferentes pensamientos en nuestra vida cotidiana, pueden dirigirnos, a veces sin que tengamos consciencia de ello.
 
Durante zazen, podemos sólo conformarnos con verlos sin asirnos a ellos, podemos dejar de estar conducidos por ellos. Dejar pasar es verdaderamente estar en la experiencia viva del instante, sin fijarse a él, haciendo la experiencia de no superponer otra realidad a esta que está aquí, sin manifestar preferencia o antipatía por aquello que está aquí. Se trata de hacer la experiencia de no separarnos de la realidad que vivimos a cada instante. Si practicamos con esta actitud de espíritu, cualesquiera sean las condiciones que surjan, no nos molestarán, no vacilaremos ni, sobre todo, necesitaremos luchar, entrar en conflicto con ellas. Solamente, en esta plena presencia, en esta plena observación de lo que aquí hay, todas esas condiciones, esas construcciones mentales se extinguen.
 
Podría expresárselo también llamándolo «ello suelta». Pero para que «ello suelte», es importante que no haya ya vestigio alguno de un «yo», de un sistema condicionado que tenga voluntad de suprimir lo que aquí es. Es decir que el soltar no puede hacerse mientras haya voluntad de soltar. No es «yo» el que suelta: solamente hay «soltar». Porque este sistema egocéntrico del «yo» está limitado justamente a separar, a dividir, a considerar como justo, como verdadero, lo que le gusta, y a considerar como falso aquello que no le gusta; por lo tanto, restringido siempre a luchar contra aquello que no le place. Y en esa lucha, en ese conflicto, no puede sobrevenir este «soltar». Durante zazen, es importante experimentar el hecho de soltar todas las armas. Sólo estar plenamente aquí, con todo aquello que es.
 
No os mováis, dejad inmóvil el espíritu. El espíritu inmóvil es el espíritu que no se aferra a nada y que nada rechaza. Volveos permeables, vulnerables, al espíritu original.
 
Cuando nos sentamos en zazen, es importante olvidar, abandonar lo que sabemos acerca del zen o, al menos, de lo que creemos saber sobre el zen. Sólo sentarse en el corazón de la experiencia viva del instante. No crear representaciones mentales sobre la postura de zazen, sobre el zen. No crear representaciones mentales sobre el instante que vivimos: que mejor debería ser de este modo o de aquel, que mejor sería que yo practicara así. Dejad que pasen todas estas imágenes, estas construcciones, para ceñiros sólo a lo que es presente, aquí, no a aquello que creemos que debería ser. Muy sencillamente, estaos plenamente en la respiración: plenamente en el inspirar cuando es el momento de inspirar, plenamente en el espirar cuando es el momento de espirar.
 
Solamente este «recogimiento puro y desnudo del estar simplemente sentado». El maestro Dogen continúa diciendo: «El despertar no depende de la buena o mala calidad del lugar en que uno se encuentre, depende únicamente del acto que es el recogimiento sedente. El despertar de budas y patriarcas es este recogimiento sedente». Por supuesto, estar en este recogimiento, simplemente sentado, es la realidad que se puede vivir, experimentar, en este instante, sentado en esta postura, inspirando y espirando, consagrándose a estar solamente en esta acción. Pero ello no quiere decir necesariamente que este recogimiento, este «simplemente sentado» ocurra sólo en la postura sedente de zazen. Zazen también quiere decir «cuerpo y espíritu sin separación», y no solamente «Za», sentarse, y «zen», concentración, meditación. Si realizamos íntimamente este cuerpo-espíritu sin separación, entonces al caminar se está en este del todo «simplemente sentado», comiendo se está «simplemente sentado», hablando, en toda acción, en todo comportamiento podemos realizar este «simplemente sentado».
 
Es decir que la Vía no depende de un lugar, de un movimiento, de un momento o de una posición particular. La Vía resplandece a cada instante. Así que no es necesario esperar a sentarse, de esperar a que el cuerpo esté sentado en zazen en un zendo para practicar la Vía. Es incluso esencial que experimentemos la vía espiritual en cada momento de nuestra vida, que la vía espiritual se manifieste, se encarne en cada momento de nuestra existencia. La vía espiritual es estar plenamente en nuestra vida, plenamente en nuestras relaciones, no sólo en nuestras relaciones con los demás, sino en nuestras relaciones con nosotros mismos, en nuestras relaciones con los acontecimientos, con el entorno. Entonces, cuando estamos así inmersos en una sesshin, podemos experimentarlo, experimentar esta Vía, este cuerpo-espíritu sin separación, no solamente saberlo o adherir a ello de un modo filosófico, sino probarlo, experimentarlo.
 
En general, todo el mundo está más bien de acuerdo con eso. Ahora, la pregunta que nos planteamos a nosotros mismos es cómo estar verdaderamente en esta intención de dar, de consagrar nuestra energía a esta plena presencia. ¿Cómo atrevernos a dar este paso, atrevernos a zambullirnos en el corazón de la experiencia viva? ¿Cómo no preferir vivir nuestra vida, vivir nuestra relación con los demás, con todo lo que nos rodea, a vivirlo a través de representaciones mentales, a través de imágenes que han sido construidas? ¿Cómo hacer para no preferir imágenes y conceptos a la realidad viva?
 
Luego, el maestro Dogen continúa diciendo: «Sentarse es en sí la práctica de un Buda, Sentarse es exactamente no devenir, y esa es tal cual la verdadera forma de uno mismo. No hay sitio en donde buscar la realidad fuera de uno». Es lo que podemos experimentar en zazen. Es decir, muy sencillamente estar aquí, sin buscar un estado particular, sin despreciar este instante que estamos viviendo, sin buscar añadirle ni quitarle nada. Sólo estar aquí. Sólo estar, sin esperar nada. A veces, durante zazen, algunos pueden considerar que el godo habla demasiado; a veces, al contrario, que no habla lo bastante. Es importante sólo experimentarlo sin fijarse a ello, y, sobre todo, sin esperar algo en particular. No esperar nada, escuchar lo que puede estar diciéndose, sin fijarse a ello, oírlo, experimentarlo y dejar pasar, puesto que, en el fondo, no hay nada que no sepáis ya, nada que ya no poseáis, nada que no seáis ya. La práctica de zazen no hace más que revelar lo que ya está aquí, no hace sino revelar este espíritu original, este corazón original. Por lo tanto, en esta plena presencia de cada instante, dejaos ser permeables, vulnerables a ese corazón. Dejad que las defensas caigan. Confiaos a la práctica.
 
La Vía, en el fondo, es extraordinariamente simple: sólo estar aquí, sólo ser. Y al mismo tiempo podemos experimentar y percatarnos de cuán difícil puede ser. Pero no es difícil para este corazón del espíritu, para este corazón original. Es difícil para el sistema egocéntrico al que estamos identificados. Sólo inspirar, espirar, plenamente, en el corazón de la experiencia del instante, acogiendo todo lo que está aquí, todo lo que está presente, sin fijarse a ello, sin permanecer en ello. Estar aquí como un árbol cuyo follaje no conserve vestigio alguno del viento que acaba de pasar.
 
En cada espirar, colocad el espíritu en esta copa que forman las manos, para así no pasar este tiempo del zazen embrollados con el velo de los pensamientos. No os dejéis adormecer por todas esas construcciones mentales. Durante zazen, el espíritu está totalmente alerta, presente ante el menor fenómeno. Ya sean sensaciones, percepciones, emociones, pensamientos, recuerdos, ideas, o imágenes, el espíritu está plenamente aquí, en todos esos fenómenos, pero sin permanecer en ellos, sin fijarse a ellos.
 
Tened a bien encontrar siempre el punto esencial de vuestra vida: aquí y ahora. Por supuesto, tenemos un sistema mental que es totalmente capaz de crear abstracciones, totalmente capaz de proyectarse en un futuro hipotético, capaz de volver a encontrar elementos pasados de nuestra vida. Este sistema, de hecho, no para de oscilar entre esos dos puntos. Carece de la capacidad de permitirnos estar plenamente vivos, en el corazón de la experiencia de nuestra vida. Así que, durante zazen, es la oportunidad de ver la realidad de este sistema y abandonarlo para así no pasar nuestra vida viviendo en abstracciones, a través de representaciones que tenemos acerca de los demás, sobre nosotros mismos, sobre la vida, el mundo, sino para vivir plenamente con aquello que está aquí, tal cual es, sin escaparnos de ello. En tanto nos escapemos de lo que está aquí, no habrá retorno, conversión posible, no haremos más que cambiar la idea que nos hacemos acerca de las cosas.
 
Entonces, conformaos sólo con estar plenamente en esta inspiración, con estar plenamente en esta espiración. Espirad lo más suave y largamente posible. Acomodad el cuerpo, acomodad el eje de la verticalidad de la espalda, acomodaos entre tensión y relajación para dejar libre el paso a la espiración: que pueda descender hasta la parte baja de la espalda. Y si no es el caso, si encontráis dificultades, un obstáculo, una tensión que impida que la respiración descienda hasta el bajo vientre, acoged es  realidad, no lidiéis con ello, ya que esa lucha, en el fondo, no hace más que reforzar ese obstáculo.
 
Sentarse en este recogimiento puro y desnudo, simplemente, es detener toda lucha. Sólo estar simplemente aquí, con aquello que es. Es decir, tener esta valentía interior de reencontrarse consigo mismo por completo, de no evitar nada, de enfrentarlo todo. Lo que podemos llamar «liberación», el resplandor del ser, el corazón original, pasa por el abandono de este sistema condicionado, de este «yo» que se ha construido a todo lo largo de nuestra existencia. Pero este camino no es una batalla, no es una lucha inmisericorde. Se apoya sobre esta capacidad de acogida condescendiente, de una entera acogida de lo que somos, sin rechazar la más mínima sombra. Entonces, en este iluminar, puede sobrevenir el soltar: sólo estar en esta escucha total, ser esta copa vacía. Del mismo modo, en vuestra vida tal vez hayáis hecho ya la experiencia de un relajamiento que permite olvidar completamente, al mirar una nube, al escuchar el sonido de la lluvia, o el canto de los pájaros, la experiencia de la percepción del aspecto incondicional de la realidad. Podemos entonces sentir una profunda alegría que no nos pertenece personalmente, una alegría que está ahí, que resplandece a cada instante. Podemos percibir lo incondicional de la realidad que reside simplemente en las cosas tal cual son, en el canto del pájaro tal cual es. Entonces, como lo expresaba el maestro Dogen: «sentarse es exactamente no devenir», es decir, justamente estarse sólo en ello.
 
No prosigáis vuestros pensamientos. Abandonadlos a sí mismos. Regresad siempre aquí. Espirad suave y tranquilamente, plenamente presentes, y presentes en este acto de espirar. Confiaos a la práctica y dejad esa agitación, dejad ese ruido ensordecedor de lo mental. Tomaos el tiempo para escuchar, para escuchar el silencio que subyace en cada sensación, el silencio que subyace en cada respiración, el silencio que subyace en cada construcción mental, en cada sonido que proviene del mundo exterior. Es en este silencio en lo que reside la tranquilidad y el gozo del espíritu. En este instante, no hay absolutamente nada más que hacer que esto. Aunque este sistema mental pueda sernos de gran utilidad en nuestra vida relativa, aquí, en este instante, no es de ninguna utilidad. Así que dejadlo. Asentaos en este recogimiento puro y desnudo, simplemente sentados, permeables, vulnerables al silencio.
 
Lo que podemos desearnos a nosotros mismos es que este recogimiento, este «simplemente sentados» se prolongue en nuestra vida, que no sea solamente el tiempo, el momento determinado de una sesshin. El verdadero dojo, el verdadero monasterio, la verdadera ermita está en uno mismo. Así que dondequiera que estemos, dondequiera que nos encontremos, sea lo que fuere que ocurra, podemos estar plenamente sentados. Que esta plena presencia resplandezca en nuestra existencia. Permaneced siempre atentos a observar, a iluminar este sistema de funcionamiento que procura siempre modificar la realidad, para estar así sólo presentes en lo que aquí es. Mirad lo que está presente tal cual es, sin desviaros de ello. Dejad de resistiros al instante presente.
 
Y es importante, incluso esencial, ponerlo en práctica, realizar en el más mínimo acto de nuestra existencia, para que se incorpore a nuestra vida y para que, en el fondo, ya no haya madero que separe el dojo de nuestra vida cotidiana.
 
Sólo este recogimiento puro y desnudo del estar simplemente sentado, siendo como el árbol cuyo follaje no conserva vestigio alguno del viento que acaba de pasar.
 
[Enseñanza impartida durante una sesión de zazen]